El Pacto de la Balanza
I. EL SALÓN DE TERCIOPELO Y GARRA
El aire dentro de la gran mansión de la Casa Shara era espeso, impregnado con el aroma dulzón del sándalo, la mirra y licores caros importados del Mar Seco.
Candelabros de cristal tallado proyectaban una luz dorada y vacilante sobre los tapices tejidos con hilos de oro que cubrían las paredes de mármol negro. En el salón principal, la aristocracia Catfolk se movía con una gracia felina e insultante, luciendo suntuosas sedas y terciopelos oscuros que hacían resaltar el brillo de sus pelajes cepillados. Sostenían copas de cristal con dedos engalanados de anillos, ignorando el mundo gris y pobre que, afuera, se extendía bajo la noche invernal.
Nero de Shara permanecía apoyado contra la columna de mármol negro, vistiendo las impecables sedas negras de su familia adoptiva. Su contextura era esbelta pero poseedora de una rigidez aristocrática, y su piel pálida contrastaba fuertemente con el lujo cálido del salón.
Sus ojos café eran una contradicción: ordinarios en apariencia, pero dotados de una mirada calculadora, distante y solitaria que los hacía penetrantes. Criado por la Casa Shara desde la infancia, dominaba la elegancia felina como segunda naturaleza, y los Catfolks lo amaban genuinamente como a uno de los suyos. Él, a su manera, también los amaba, aunque no pertenecía a este mundo de aristocracia felina, pero lo dominaba desde las sombras mejor que cualquiera que hubiera nacido en él.
Para él, este salón no era más que un teatro, siendo él un excelente actor.
El maestro de ceremonias de la Casa Shara alzó un mazo de marfil, dando inicio a la subasta de reliquias.
—Lote número doce —anunció la melodiosa voz del subastador Catfolk—. El Cofre del Rey de Hierro. Los pergaminos de heráldica y táctica militar de la antigua dinastía. Comenzamos la puja en trescientas monedas de oro.
Al instante, Lord Varian, un arrogante magistrado de la Cancillería famoso por su poposidad y sus malas decisiones financieras, alzó la mano con desesperación.
—¡Cuatrocientas monedas! —rugió Varian, acomodándose el cuello de encaje. Nadie más pujó por algo que era evidente no costaba ni la mitad de esa cantidad.
Sus profundos ojos se posaron en cambio sobre el lote número trece, arrumbado en una esquina del estrado: una vasija de arcilla negra, agrietada y polvorienta, rescatada de las ruinas marginales de los suburbios. A simple vista, era una baratija sin valor.
Pero Nero sintió algo diferente. Las runas grabadas en la arcilla fría parecían vibrar bajo su mirada, como si resonaran directamente con él mismo. Tenía que ser suya.
Nero analizó la sala con la astucia de un cazador pero en un ambiente social; observó a quienes se interesaban por el objeto, una humana, aristócrata; un catfolk, de una casa mercantil rival... se deslizó sin hacer ruido hacia un joven heredero humano - había encontrado su presa - que sudaba bajo su traje de seda verde, claramente desesperado por obtener el favor de la Casa Shara.
—Es un objeto de una burda apariencia, ¿no es así, Lord Julian? —susurró Nero, su voz modulada con una cadencia que hizo que el joven se sobresaltara—. Pero solo aquellos con una agudeza que trasciende la vulgaridad saben que bajo esa arcilla polvorienta se oculta el verdadero prestigio. Una puja tuya por esa pieza demostraría a la Casa Shara que no eres un simple heredero... sino un visionario.
Julian tragó saliva, sus mejillas encendidas por el deseo de aprobación. Miró a Nero con adoración temerosa.
—Lote trece, vasija rúnica de arcilla negra —cantó el subastador—. Comenzamos en cincuenta monedas de plata.
—¡Setenta monedas de plata! —exclamó Julian de inmediato, alzando la mano con orgullo.
Sasha, el Catfolk, entrecerró los ojos y bufó con desprecio, viendo a Nero de Shara junto al joven, decidió que debía retirarse, por el momento. Lady Kaelen simplemente bostezó detrás de su abanico de plumas.
—¿Nadie más? ¡Vendido al caballero Lord Julian por setenta monedas de plata!
Minutos después, en un rincón apartado bajo las sombras de una balconada, un Julian sonriente le entregó la vasija a Nero.
—Espero que esto demuestre mi buen gusto, Lord Nero de Shara. Quizás podamos hablar de futuras asociaciones.
Nero tomó la vasija fría. Las runas vibraron contra sus dedos. Miró al joven con una cortesía tan pulida como el hielo, desestimandolo sin que el joven se diera cuenta.
—Has demostrado una agudeza poco común, Julian. Tu nombre será recordado en nuestros salones.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta, dejándolo atrás. Había conseguido "su" tesoro utilizando la plata de un peón.
II. EL MAUSOLEO EN LAS SOMBRAS
La medianoche encontró a Nero en un mausoleo abandonado en los límites de la ciudad.
Las lápidas de piedra gris estaban carcomidas por el paso de las estaciones, una neblina invernal se encontraba como flotando permanentemente en el sitio, era un lugar olvidado, donde nadie miraba, donde nadie preguntaba.
Nero colocó la vasija sobre un altar agrietado, canalizó su magia, la vasija negra se quebró en mil pedazos, liberando un humo denso que olía a tierra húmeda y cripta abierta. De las sombras bajo sus pies, el suelo se heló. Una presencia imponente comenzó a materializarse de los fragmentos y la oscuridad: un esqueleto envuelto en cadenas espectrales, sus huesos brillando con poder.
Era su Eidolon. Su guardián. Su arma. Años de estudiar lo oculto había culminado en esto: un ser vinculado a su voluntad, incapaz de desobedecerlo, eternamente suyo. Finalmente tenía algo que nadie podría quitarle.
De pronto, el sonido de botas sobre piedra mojada rompió el silencio.
Tres figuras embozadas, con los rostros cubiertos y armadas con dagas de hoja ancha y ballestas pesadas, emergieron de las ruinas. Mercenarios del mercado negro, reconoció.
—El joven Shara pensó que saldría de la subasta con un tesoro tan fácilmente —siseó el líder de los matones, un humano de hombros anchos—. Entrega la vasija si quieres que tu familia encuentre tu cadáver entero.
Nero no retrocedió. Su rostro permaneció impasible, una máscara de arrogancia altiva.
—Encárgate de ellos —ordenó fríamente, mientras invocaba una vez mas magia oculta, los matones vieron aparecer runas en los huesos de un esqueleto que se movía con una velocidad espeluznante, sus dedos óseos alargados como agujas de marfil lanzándose al primer mercenario. El atacante fue derribado violentamente, su cabeza golpeando la piedra con un crujido sordo. El líder disparó su ballesta a quemarropa. El virote atravesó el pecho del esqueleto, astillando costillas, agrietando su hombro. El no-muerto emitió un lamento espectral que mas bien parecía burlarse de sentir dolor.
—¡Es solo un montón de huesos! ¡Rómpanlo! —rugió el líder, desenvainando una maza pesada de hierro.
Un cuarto mercenario intentó flanquear a Nero, deslizándose desde las sombras con una daga envenenada lista para degollar al joven mercader desprotegido. Era una apertura perfecta. Una muerte segura.
Pero antes de que pudiera dar el paso definitivo, el aire a su espalda se heló.
De la oscuridad de las ruinas, una mano sutil tocó el hombro del atacante. No hubo destellos. Solo un ahogado grito de agonía pura. El mercenario se detuvo en seco, su piel tornándose grisácea y marchitándose instantáneamente bajo un frío gélido que consumió su fuerza vital en segundos. Se desplomó, sin vida, con el rostro congelado en una mueca de terror eterno.
Alguien en las sombras del patio exterior acababa de salvarlo.
En el centro del mausoleo, la batalla rugía. El líder de los matones descargó su maza sobre el brazo-espada del esqueleto, rompiendo la hoja ósea a la mitad en un estallido de astillas de marfil.
Nero, sintiendo el dolor de su familiar en su propia alma, concentró toda su voluntad. Su Eidolon, ignorando el daño, alzó lo que quedaba de su brazo izquierdo. Los huesos formaban una hoja afilada, una espada natural que cortó con precisión quirúrgica e implacable a través de la garganta del líder.
Abrió los ojos con incredulidad. Soltó la maza. Cayó de rodillas, ahogándose en su propia sangre antes de quedar inmóvil en el lodo.
El último mercenario, al ver a sus dos compañeros muertos, soltó su arma y huyó despavorido hacia la neblina de la noche, gritando de terror.
Nero exhaló un suspiro tembloroso, sosteniéndose el pecho. Su Eidolon cayó de rodillas a su lado, con la estructura ósea severamente agrietada y el brazo-espada roto a la mitad. Habían sobrevivido, pero el costo había sido devastador.
III. EL ASCENSO Y LA PERSECUCIÓN
Con el mausoleo finalmente en silencio, Nero se arrodilló entre los fragmentos rotos y los cadáveres.
Colocó sus manos sobre los restos de la vasija. Cuando canalizó la energía residual, los lamentos atrapados en la arcilla fueron absorbidos directamente por su cuerpo y la sombra de su protector. Fue una ascensión violenta. Los canales de maná de su sangre se expandieron con un dolor abrasador que hizo vibrar las piedras del mausoleo. Su Eidolon experimentó una transformación mística. Ambos habían alcanzado una nueva cúspide de poder.
A lo lejos, el agudo silbato de vapor de la Orden del Velo rasgó la noche de invierno. Habían detectado la fluctuación de magia oscura.
Nero desmaterializó a su dañado Eidolon de vuelta a su sombra y comenzó a retirarse por los callejones empapados de lluvia fría. Pero la Orden era implacable. El rítmico marchar de las botas de metal, el ladrido de los Rastreadores del Velo, sabuesos especialmente entrenados.
El brillo de las linternas acortaban distancias.
Exhausto, Nero dobló una esquina y se encontró atrapado en un callejón.
Las luces de los guardias ya se proyectaban sobre los charcos de la entrada. Era el final. No había escapatoria convencional.
En ese instante de desesperación, una opción absurda se le presentó: una pequeña ventana de vidrio mugriento a tres metros de altura, protegida por un marco de madera podrida.
Sin dudar, Nero corrió, tomó impulso de una caja vieja y saltó con una agilidad casi felina. Golpeó el vidrio sucio con el pomo de su bastón. Se coló a través del marco astillado, rodando sobre un montón de fardos de tela suave justo cuando la Orden del Velo irrumpía en el callejón, encontrando el lugar completamente vacío.
IV. ENCUENTRO EN LAS SOMBRAS
Nero permaneció inmóvil en la oscuridad del almacén textil, escuchando a los guardias afuera antes de que sus pasos comenzaran a alejarse.
Se sacudió las astillas de vidrio de sus sedas, tratando de recuperar el aliento.
La neblina de la ciudad que entraba por la ventana rota comenzó a arremolinarse en el centro de la habitación. De las sombras de los fardos de tela, una silueta elegante dio un paso al frente con total tranquilidad.
Vistiendo las austeras pero finas túnicas de una sacerdotisa mercader, con una balanza de plata colgando de su cuello y un velo traslúcido que ocultaba la mitad de su rostro, Kalima lo observaba con una mirada cargada de algo que Nero no podía descifrar completamente.
Nero retrocedió un paso, sus ojos clavándose en ella.
—Me encargué de uno de los bandidos en el mausoleo usando mi poder —dijo Kalima, su voz melodiosa resonando con una suave autoridad en la penumbra—. Quería hablar de negocios contigo, Nero de Shara. Te vi en dificultades y decidí nivelar la balanza. Luego te perdí el rastro en la persecución, pero veo que tu guardián necesita una reparación urgente.
Por puro instinto de preservación, Nero materializó parcialmente a su Eidolon. La criatura ósea, severamente agrietada y con su brazo-espada roto, se interpuso entre Kalima y su invocador, emitiendo un siseo de advertencia espectral.
Kalima contempló al imponente no-muerto sin mostrar el más mínimo temor ante la letal hoja de hueso que apuntaba a su cuello.
—Impresionante vínculo de poder —murmuró ella, dando un paso al frente, ignorando la advertencia del esqueleto—. Permite que repare lo que fue dañado.
Extendió suavemente su mano enjoyada hacia las costillas astilladas del no-muerto. Susurró una plegaria a una deidad cuyo nombre Nero no pudo identificar, y de sus dedos brotó un destello de energía gélida y oscura. El poder fluyó hacia el esqueleto, no para destruirlo, sino para sanarlo. Las grietas se soldaron al instante. Su brazo-espada se reconstruyó, parecia ahora más afilada.
El esqueleto bajó su arma lentamente, su instinto de protección satisfecho.
Nero observó la escena con los ojos entrecerrados, analizando cada movimiento de la mujer. Ella conocía magia oscura. Ella conocía el arte de los no-muertos. Pero usaba ese conocimiento no para dañar, sino para sanar.
—¿Por qué? —preguntó Nero, su voz gélida y desprovista de emoción—. ¿Por qué me ayudas?
Kalima se acomodó el velo con elegancia, su sonrisa invisible pero perceptible en el tono de su voz.
—Nos movemos en los mismos círculos, Nero. Comerciantes, tratos, aristocracia. Escuché hace tiempo de alguien que estudiaba lo prohibido y buscaba reliquias que la Cancillería guarda celosamente. Pero el verdadero motivo es más simple: reconozco a alguien como yo. Alguien que busca conocimiento donde otros solo ven peligro. Y ese conocimiento... ese poder sobre lo prohibido... es exactamente lo que necesito aprender.
Ella dio un paso más hacia él, pero no amenazante. Era el paso de alguien que se siente completamente seguro.
—Te ofrezco un lugar en mi círculo, Nero de Shara. Unámonos a otros que, como tú, poseen talentos excepcionales y perspectivas únicas. Juntos, nos aseguraremos de estar siempre protegidos. De estar siempre del lado correcto. ¿Nivelamos la balanza?
Nero contempló la mano extendida de Kalima.
Ella no le pedía sumisión. No le pedía que abandonara su naturaleza. Solo le ofrecía lo que siempre había querido: una oportunidad de ser parte de algo. De no estar solo en los márgenes de la sociedad.
Con un sutil ademán de sus dedos, su Eidolon se desmaterializó en las sombras de su ropa. Nero estrechó la mano de Kalima, sellando el pacto con un frío apretón de sedas.
—Nivelemos la balanza, Sacerdotisa —dijo Nero, sus ojos brillando con una nueva determinación.
V. CONVERSACIÓN CASUAL EN UNA NOCHE DE INVIERNO
Ambos caminan, en la noche invernal, hacia la presentación oficial de Nero con el resto de los integrantes. El silencio lo rompe Kalima poco antes de terminar el recorrido.
—Te rastreé hasta el callejón —dijo con naturalidad, como si comentara el clima—. Hice que los guardias siguieran un rastro falso para darte más tiempo. Pero cuando llegué, vi cómo trepaste a la ventana para entrar al almacén. ¿Por qué elegiste eso? Había una puerta. Había tuberías de metal. Había otras salidas.
Nero dudó. Algo en ella era diferente a otros seres que había conocido. Algo en ella lo atraía de una forma que no podía nombrar.
—Porque las otras tres opciones eran un fracaso absoluto —respondió finalmente, su voz gélida—. La puerta habría disparado una trampa. Las tuberías habrían cedido bajo mi peso. Salir del callejón habría significado captura segura.
Kalima asintió lentamente, pero su sonrisa se ensanchó bajo el velo de una forma que Nero nunca había visto en nadie. Era la sonrisa de alguien que acaba de confirmar algo que siempre supo.
—Sí —murmuró ella, casi para sí misma—. Exactamente eso.
Hizo una breve plegaria en voz baja, sus dedos tocando la balanza de plata que colgaba de su cuello, agradeciendo.
Nero no comprendió completamente qué significaba esa sonrisa. Pero algo le susurró que Kalima lo entendía mejor que él mismo. Mejor de lo que jamás lo entendería nadie.


